domingo, 12 de abril de 2026

Inquietante confusión / Escribe Carlos Madera Murgui

Entre internas difusas, liderazgos débiles y un electorado cada vez más volátil, la política local parece debatirse entre la inercia y la improvisación, sin lograr consolidar un rumbo claro. La Dorrego Send an email0 4 minutos leídos Cuando varias personas de la actividad política lugareña han dado su parecer sobre distintos asuntos referidos al accionar dirigencial dorreguero, emergen ostensibles dudas a partir de lo escuchado. En declaraciones —por lo que uno sabe, meditadas o no—, con lo escueto y la inmediatez que suponen las expresiones en redes sociales, escenario elegido incluso por el propio jefe de Estado para ordenar o decir lo que muchas veces no se quiere, resulta del conjunto una inquietante confusión que no es halagüeña en cuanto al optimismo sobre lo que vendrá. Esto ocurre, en parte, cuando erróneamente se analiza un espectro político exclusivamente desde lo electoral. La situación del peronismo, en sus diversas versiones, confunde aún más sobre la base de ideas, ya no solo en el sui generis vernáculo —donde mucho más no queda, vista la excepción de años atrás—, sino también al agregar circunstancias de contexto que tienden a justificar o excepcionalizar ciertos comportamientos de su gente. Aunque a la unidad se la invoca, no se la construye ni se la defiende: el karma permanente del justicialismo. Las últimas elecciones partidarias en el PJ desnudan diferencias, pero no más allá de la propia interna detrás de figuras puntuales, alejadas de procedimientos, modos o ideas en particular. De cualquier manera, no se destaca demasiado, y la conducción del partido no aparece como una herramienta muy valorada, al menos por estas tierras. La responsabilidad de los líderes (con cargos conferidos) no es la misma que la de los militantes o adherentes al momento de explicar situaciones de confusión y vasta inercia. Dirigentes o candidatos que se muestran “abatidos” por disputas que no han durado mucho más que una campaña electoral; otros que se dicen “dispuestos”, pero sin saber claramente a dónde pertenecen; y aquellos que “disfrutan” de un Edén sin sobresaltos conforman el mosaico. Un mosaico, por cierto, bastante uniforme en todo el abanico político dorreguero. El bipartidismo local —al menos entre quienes resultaban ganadores— supo tener decisiones estructurales propias, sin pretender un divorcio de los escalones partidarios provinciales o nacionales, pero tampoco subordinándose a ellos al punto de perder identidad. Esto les permitió sostener construcciones locales sólidas, aun frente a vaivenes ideológicos. Hoy, en cambio, guías o líderes de probada militancia, con analogía partidaria clara, parecen formar parte de un pasado anacrónico. En su lugar, surgen figuras carismáticas —o, como suele decirse, “con imagen”—, asépticas y neutras, desvinculadas de una verdadera capacidad o conocimiento político, el cual solo brinda la participación sostenida y el compromiso con ideas a lo largo del tiempo. Sin esos recorridos, la confianza se vuelve frágil. Su aparición, por lo tanto, resulta más ilusoria que consistente, aunque no imposible si se observan los números y el comportamiento moderno de la sociedad. No es que no haya gente capacitada; por el contrario. Pero esto choca con la confusión en las determinaciones, la falta de ética y el escaso cuidado de las organizaciones que deberían congregar adhesiones masivas. Estas, peligrosamente, se acostumbran a cambios de rumbo o de vereda que, a la larga, merecen castigo, aunque —coincidimos— no siempre preocupan demasiado. La mutación hacia una política de conveniencia, propia de la época, da lugar a ese nuevo ejemplar social al que muchos llaman “vecino”: alguien que opina sobre todo, incluso sobre cuestiones que desconoce, o propone cambios tan livianos como modificar el pronóstico del tiempo. Este fenómeno desordena ideas largamente militadas, hoy erosionadas por estas dinámicas. Si a esto se le suman discursos cargados de palabras e histrionismo, con picos emocionales que poco tienen que ver con una sustancia ideológica-partidaria —no garantizada más allá de coincidencias económicas circunstanciales—, los resultados se vuelven impredecibles. La vigencia de LLA en el país es incierta, ya que su hegemonía depende de humores sociales y acuerdos circunstanciales con socios cambiantes —o no tanto—, como la UCR. A nivel local, aún no conviven, pero nunca se sabe. Más allá de lo institucional, es sabido que esta nueva fuerza se compone mayoritariamente de adherentes provenientes de otros espacios. El ya indisimulable “fuego amigo” de la última elección legislativa deja interrogantes: no se sabe si aleja o acerca. Detrás de un democratismo que supone alcanzar la armonía total negando o eliminando el conflicto —como si este no fuera inherente a la política—, se promueven ideas como el diálogo sin confrontación, la concertación sin tensiones y la no contestación como virtud. Pero al hacerlo, se vacía a la política de su naturaleza esencial como organizadora de la vida social, trasladando su función a una tecnocracia incapaz de establecer distinciones sustantivas. Claro está, salvo el caso del oficialismo local, que cuenta con un escudo histórico y costumbrista que evita profundizar en estos debates. Esto le ha permitido gobernar durante más de dos décadas con resultados electorales sólidos, sin depender significativamente de otras fuerzas (más allá del cambiante PRO). En contraste, quienes aspiraban a disputar ese poder han desperdiciado oportunidades sin revertir una situación que hoy los encuentra en un pico de posturas indescifrables y manifiesto desconcierto. Ese desconcierto ha dado lugar a nuevos proyectos que, en mayor o menor medida, simbolizan una modernidad sin cimientos claros en cuanto a formas de conducción. Nadie tiene certeza sobre el comportamiento futuro de la ciudadanía. Aún está cercano septiembre de 2025, con múltiples lecturas posibles, lo que mantiene en vilo a los distintos actores políticos. Sin embargo, esa preocupación parece desfasada cuando la actividad cotidiana —la que realmente construye— transcurre entre acciones desconcertantes: algunos no reaccionan, otros no actúan sobre las expectativas generadas, y el resto transita un camino cansino, como con una Ferrari aún con combustible, pero sin dirección clara. Las posturas adoptadas llegan a sonrojar incluso a los más extremos ideológicamente —especialmente a los sectores de derecha—, y no han resultado favorables al momento de ser elegidos. Tal vez porque, en el fondo, muchos aún no comprenden para qué equipo juegan. (12-04-26).

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