sábado, 27 de junio de 2015

EDITORIAL SABADO 27 DE JUNIO::


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El legado de los grandes por Carlos Madera


Veinticinco años y su desaparición física le costaron al más importante dirigente de toda la historia del radicalismo ser reconocido por la ciudadanía que lo puso en la primera magistratura del país como premio más relevante para su inolvidable carrera política. Ciertas similitudes no reconocidas por la dirigencia, pero sí por los hechos, con los medulares y no resueltos apostolados, si vale la expresión, con la democracia, hacen extrañar aún más, a algunos radicales, y a otros, al más preclaro político brindado por el partido. No serán mis palabras, sino lo que está escrito por el propio Alfonsín, dirigente ni política ni ideológicamente equiparado en la UCR.


La política y la democracia, dice Alfonsín desde lo escrito, volvieron a la Argentina a comienzos de los 80, encontrándonos en medio de la crisis de la deuda externa y del avance irresistible del neoconservadurismo y el neoliberalismo, dos corrientes ideológicas cuyos planteos trascendieron el campo meramente económico. Los argentinos pasamos de la dictadura a la libertad, con la llegada de lo que se anunció como un nuevo orden internacional, con la denominada globalización de la economía, pero también la reaparición de extremismos, fundamentalismos y antiguos conflictos de distinta especie. De este modo, la revalorización por el respeto a los derechos humanos aparecía en el marco de un simétrico relegamiento de los principios de justicia social que le son consustanciales. Con el transcurso del tiempo, la política se fue vaciando de sus contenidos tradicionales y los partidos ya no alcanzaron a definir una concepción doctrinaria suficientemente abarcadora como para contener la problemática integral de la sociedad. La sociedad mediática llegó de la mano de la nueva tecnología a imponer cambios fundamentales en la política tradicional; en la sociedad mediática el individuo vive sumergido en un océano de opciones en principio indiferenciadas, de incertidumbre y escapismos. En ese contexto, el sistema de representación política tradicional sobre el que se levanta el pesado edificio de la democracia pierde sentido, desde el momento en que ni el representado ni el representante terminan por saber qué es lo que se quiere y en ocasiones, a ignorar que es lo que se discute. Cuando la técnica suplanta a la política y la tecnocracia a la democracia, tiende a desdibujarse y avanza la anomia y la inconducta en los sectores dirigentes. Cuando la religitimación comienza a buscarse por el camino del elitismo cada vez importa menos la gente. Las sociedades deben encontrar por sí mismas, los modos de rescatarse de los momentos de marasmo.


Cuando un país se enfrenta a momentos históricos en los que produce la toma de conciencia de sociedades que asumen globalmente la responsabilidad de decidir su destino, de elaborar por sí, un proyecto de Nación no debe ser desaprovechada. Cada persona debe sentir que tiene derecho y poder de opinión, poder de decisión y poder de construcción. Debemos recordar que la idea básica de la justicia es la ausencia de desigualdes arbitrarias. Compartimientos estancos y totalizadores como unidad política y territorial asientan de ese modo a la Nación en el precario dominio de un grupo sobre los demás y no en una deseada articulación de todos en un sistema de convivencia. Cada grupo vive así bajo una constelación de valores percibida como una exclusividad propia e irreconocible en los demás. Frente a esos callejones sin salida se afirma la idea de una ética de la solidaridad que implica que la sociedad sea mirada desde el punto de vista de quien está en desventaja en la distribución de talentos y riquezas, interferencias activas contra la vida y la libertad y los bienes de todos, al no ofrecerse las oportunidades y recursos necesarios para alcanzar una vida digna. Frente a la pretensión de legitimar las desigualdades sociales, la ampliación de la esfera pública deberá prevalecer. Hemos sufrido la era de las convicciones absolutas y de los mesianismos. Venimos de un pasado y a partir de él, podemos poner cauces racionales al porvenir, pero también se entiende el llamado de las sociedades cuando perciben que las pequeñas reformas y los ajustes ya no alcanzan para restituir o sostener un equilibrio precario y forzado, para mantener la ilusión de que con correcciones mínimas se pueden reorientar los rumbos extraviados. En democracia se construyen consensos a través del diálogo, pero la voluntad de consensuar tiene límites. Pensar en lograr un consenso tal que termine con todos los enfrentamientos políticos es imposible y peligroso, significaría el fin de la política, puesto que importaría haber superado todos los antagonismos y por consiguiente no habría discusión posible. La oposición ejerce la fiscalización de los actos de gobierno y propone a su turno alternativas legítimas. Una oposición que intente la anulación del gobierno se aleja de las reglas de juego del sistema democrático… Este compendio de reflexiones pertenece a Raúl Ricardo Alfonsín, el hombre que supo poner de su lado a la progresía, a los derechos individuales, y el antiimperialismo , fustigó siempre a las corporaciones, la UCR siempre fue su partido, nunca lo abandonó, menos lo disfrazó y eso que perdió unas cuantas, las más , pero dentro de su partido. La estatura de Alfonsín, la contracara de la virtudes cardinales de Alfonsín contrasta con los pretendidos líderes descafeinados de hoy... No fue el único. Hubo y los hay, trascendentales como Néstor Kirchner, parecen venir turnos distintos...pero no gente con esa horma política.

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